
Un nuevo día, luce el sol. El jugador siente que la barba comienza a picarle en la mejilla. Por lo demás, está impecable.
Se enciende un cigarro, cree recordar que en ese casino no se puede fumar, sin embargo, se lo consienten porque no hay nadie más.
Suspira. Cierra los ojos con fuerza y toma una calada. sus manos se crispan. Es fuerte... y no. Pero al menos está convencido de lo que hace.
No le importa el pasado, porque él no está allí. El futuro es incierto, pues mañana podría morir atropellado al cruzar la puerta del casino.
Después de una noche en vela siempre echará de menos regresar a casa. Puede que no tenga lugar al que llamar casa, puede que realmente no quiera volver... pero le ofrece seguridad.
Coge una ficha del bolsillo y la coloca sobre el montón. El croupier sonríe insolente, alarga la pala y centra la ficha. Parece perverso y desafiante. Vuelve a sonreir.
El jugador toma una nueva calada, el humo aparta de su vista la imagen del croupier.
Y mientras tanto, la bola sigue girando, ajena a todo.