miércoles, 17 de febrero de 2010

sol y nubes


Un nuevo día, luce el sol. El jugador siente que la barba comienza a picarle en la mejilla. Por lo demás, está impecable.

Se enciende un cigarro, cree recordar que en ese casino no se puede fumar, sin embargo, se lo consienten porque no hay nadie más.

Suspira. Cierra los ojos con fuerza y toma una calada. sus manos se crispan. Es fuerte... y no. Pero al menos está convencido de lo que hace.

No le importa el pasado, porque él no está allí. El futuro es incierto, pues mañana podría morir atropellado al cruzar la puerta del casino.

Después de una noche en vela siempre echará de menos regresar a casa. Puede que no tenga lugar al que llamar casa, puede que realmente no quiera volver... pero le ofrece seguridad.

Coge una ficha del bolsillo y la coloca sobre el montón. El croupier sonríe insolente, alarga la pala y centra la ficha. Parece perverso y desafiante. Vuelve a sonreir.

El jugador toma una nueva calada, el humo aparta de su vista la imagen del croupier.

Y mientras tanto, la bola sigue girando, ajena a todo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Y sin embargo, ¿se mueve?

Las luces del casino se apagan, es tarde. Sólo esa mesa permanecerá encendida.

Él está sentado sobre un taburete. Tiene un aire desaliñado: Barba de tres días en el rostro, viste un traje italiano, sin corbata. La camisa se le ha arrugado.

Apesta a alcohol. Acaricia una copa de whisky con la mano derecha, mientras tamborilea con su otra mano sobre la mesa.

Frente a él se sienta el croupier. Le da náuseas sólo mirarlo: viste un uniforme rojo impecable, y sonríe molestamente mientras le mira. Está pulcramente afeitado y parece muy joven...

Una torre interminable de fichas está colocada sobre el mismo número. Ha ido creciendo, sin cesar. Las observa. Ya no importa, apenas le quedan fichas que apostar. Pero él no puede marcharse. Sus ojos viran, inconscientes, contemplando el hipnótico movimiento de la bola, que gira imperturbable en la ruleta.

Él toma un trago y saca un cigarrillo. Suspira. Sin saber por qué, vienen a su mente las palabras de Galileo: eppur si muove. ¿Si muove? Sacude la cabeza, como queriendo apartar un fantasma.

Sonríe, como disfrutando de una broma interior, mientras se enciende el cigarro. Mira el montón de fichas y mete la mano en el bolsillo. Un pensamiento ha venido a su mente.

- Ahora te entiendo, Tam.

Con una mano temblorosa, él coloca una ficha sobre el montón...